La confesión con doble fondo de Castro
Castro reconoció la persecución de los gays en Cuba. Y en el mismo aliento se excusó en parte.
El 31 de agosto de 2010 se publicó en el diario mexicano «La Jornada» la segunda parte de una larga entrevista con Fidel Castro. El cubano, que entonces tenía ochenta y cuatro años, habló de la persecución de los hombres homosexuales después de la revolución y la calificó de gran injusticia. Si alguien era responsable, dijo, era él.
En los años sesenta, en Cuba se recogía a los gays como supuestos contrarrevolucionarios y se los llevaba a campos de trabajo forzado. La persecución se prolongó hasta los años setenta.
Pero Castro acompañó la confesión de dos atenuantes. En primer lugar, él personalmente nunca había tenido prejuicios. En segundo lugar, había estado ocupado con otras cosas: con los atentados contra su vida, con la Crisis de Octubre, con la defensa de la revolución que lo había llevado al poder en mil novecientos cincuenta y nueve. La hostilidad en sí, según su interpretación, venía de la larga historia de discriminación de la isla.
Ninguna de las dos cosas resiste un examen. En 1965, Castro había declarado al periodista estadounidense Lee Lockwood que nunca se podría creer que un homosexual reuniera las condiciones de un verdadero revolucionario y de un verdadero cuadro comunista. En la misma conversación exigió mantener a los homosexuales alejados de todos los puestos que pudieran influir en los jóvenes.
El historiador Samuel Farber señala que el impulso y la dinámica de esta política partieron en primer lugar de Castro y de la nueva dirección. El balance de los primeros treinta años tras la revolución refuta la idea de que la homofobia cubana fuera solo un resto de la época prerrevolucionaria.
Así, la entrevista sigue siendo un documento ambivalente. Un jefe de Estado llamaba por su nombre la injusticia cometida contra una minoría, con décadas de retraso. Y en el mismo aliento la alejaba en parte de sí.